Viaje al fondo del Chucu-Chucu

Una investigación sobre lo que pudo haber sido y fue…

Por: Maria Isabel Galvis / maisagalvis@gmail.com


A la manera de Foucault

Tiene sabor a diciembre, a fiesta de casa, a tíos y tías buscando parejo entre los sobrinos. Es sencillo, simple -simplón dirán algunos- pero sin duda representa un quiebre definitivo en la historia musical de Antioquia, de Colombia. En la Medellín de los albores de los años 60, un grupo de jóvenes se aventuraron a crear música, una que sintieran propia. Guiados por la intuición y con un entusiasmo inusitado darían origen a lo que el tiempo luego identificaría como Sonido Paisa. Muchos hoy lo llaman Chucu-Chucu.

Cuando el filósofo, músico e investigador Juan Diego Parra Valencia, se decidió a emprender una investigación en torno al Chucu-Chucu, ya llevaba largo tiempo conviviendo con el ritmo. Esto, sumado a que su proyecto musical independiente tenía vínculos profundos con el sonido paisa, le señaló una ruta de investigación.

Inspirado en la arqueología del saber de Foucault, una propuesta de investigación que se sustenta en los aparatos discursivos y propone precisamente auscultar en ellos para entender el momento en que se producen las rupturas en los imaginarios entre épocas, Juan Diego se interesó en profundizar en el Chucu-Chucu, un término que genera profunda animadversión en algunos pero que otros muchos han naturalizado como parte de un discurso inmerso en nuestra cultura. Así, buscó un punto de intersección que define también los caminos que el ritmo habría de tomar y las formas en las que terminó insertándose en la identidad paisa y popular, aunque su significado no sea el mismo para todos.

 

Una revolución sonora tropical urbana o la antioqueñización de la música bailable en Colombia

Juan Diego compara la irrupción del Chucu-Chucu en la escena local con todo el movimiento paralelo que se daba en el resto del mundo. “Corrían los años sesenta y la nuestra también era una revolución juvenil, musical y estética. Se lo estaban inventando todo” dice, y con esto se refiere no sólo a una música que había bebido de tantas fuentes como le fue posible, sino también a que una vez surgido el fenómeno, debieron enfrentarlo de a poco mientras adivinaban nuevas formas de recrearlo, distribuirlo y mantenerlo. chucu-chucuEran grupos de muchachos guiados más por un impulso inconsciente que por una intención clara de generar nuevas atmósferas sonoras.

Cuando uno mira atrás, es claro que la Medellín que conoció este grupo de jóvenes, parecía puesta y dispuesta a darle vida al fenómeno musical que representarían. La radiodifusión tenía en la ciudad un centro de operaciones muy importante y por otra parte, la industria discográfica había encontrado en la capital de la montaña una sede desde la cual impactaría al resto del país y a latinoamérica. Hacia finales de los años cuarenta, Lucho Bermúdez se había asentado en Medellín y su música había logrado impactar a buena parte de la ciudad. De la mano de Bermúdez y de las casas disqueras, había llegado un importante número de músicos costeños que impregnaron con su sonido a este Valle de Aburrá.

“Aquí no sabíamos bailar, aquí brincábamos”, dice el investigador musical Alberto Burgos Herrera. De un momento a otro la ciudad se vio volcada a los grandes bailes de salón y a la elegancia implícita en la música de las Big Bands criollas. Se brincaba porque sin duda la herencia estaba ligada a la música campesina parrandera que invitaba a un baile con más juego que técnica. Sin embargo, ninguno de los dos géneros musicales encontraba eco contundente entre los jóvenes. Entonces se crearon las murgas, pequeños grupos que tocaban las tonadas de moda en fiestas y celebraciones de barrio. Pronto aparecerían agrupaciones con composiciones propias que de manera intuitiva habían condensado en su sonido las influencias más próximas: la música costeña, la música campesina, el tango y por supuesto, el rock.

“Todo esto empezó con los Teen Agers” dice Alberto Burgos “y poco tiempo después los Black Stars”.

El sonido paisa
Las agrupaciones que habían aparecido tras la llegada de los Teen Agers, descubrieron en el camino un sonido distintivo. Sin embargo, cuenta Alberto Burgos que fue el arreglista costeño Enrique Aguilar quien se aventuró a hacer los arreglos del que sería el segundo disco de “Los Hispanos”. Es él quien le da la cadencia particular al bajo en la agrupación que, sumado a otra serie de sonoridades, daría lugar a lo que se popularizaría como el sonido paisa. Sí, es un costeño el que da cuerpo a lo que pareciera haber quedado inserto en el ADN de esta región y que se consolidaría con compositores como Graciela Tobón o Gildardo Montoya. Corría el año 1965. Comienza a abrirse paso un sonido que traspasó las montañas antioqueñas y las fronteras patrias para instalarse en un sentir colectivo que hace parte no sólo de la identidad paisa sino que deja su estela sonora en el resto del país y en buena parte de latinoamérica.

arte-final-chucu-chucu3-copiarPronto llegaría lo que Parra llama “un bautismo peyorativo”, un nombre que nace como onomatopeya -imita el sonido del güiro- y deja la impronta de lo que hasta nuestros días llamamos Chucu-Chucu, un híbrido musical que ya se había popularizado dentro y fuera del país y que generaría escozor entre la juventud caleña y algunos puristas del caribe colombiano. El tiempo habría de instalarlo en el discurso de las generaciones posteriores con mayor naturalidad y sin prejuicios.

Un proyecto de investigación – creación
Bajo el liderazgo de Juan Diego Parra se pensó en hacer un ejercicio de investigación que contemplara varias líneas creativas. Se propuso entonces la presentación de un libro, la grabación de un documental y la edición de un disco. Son tres producciones que tienen un norte común pero que se sostienen de manera independiente. El libro, titulado Arqueología del Chucu-Chucu. La revolución sonora tropical urbana en Antioquia, fue escrito por Juan Diego y es una búsqueda que ahonda en el término Chucu-Chucu y sus repercusiones, su relación con el territorio, su discurso e influencias. Incluye también una detallada biografía de las agrupaciones representativas escrita por Alberto Burgos Herrera.

Por otra parte, el documental Afrosound: Cuando el chucu chucu se vistió de frac, plantea de un lado los encuentros con algunos estudiosos y protagonistas de este fenómeno musical y del otro, presenta el resurgimiento de Afrosound, agrupación liderada por Julio Ernesto Estrada “Fruko”, quien junto con Mariano Sepúlveda y otros músicos de la época, decidieron unirse a un grupo de jóvenes intérpretes para darle un nuevo aire a los clásicos de la agrupación y de otras bandas de aquel tiempo.

Finalmente, la edición del disco Raíces del rock tropical. Un homenaje a Afro Sound. Esta es una aventura sonora que une dos generaciones de la música y que propone reinterpretar el sonido de Afrosound, una agrupación que nace mientras agoniza el Chucu-Chucu y que presenta líneas sonoras de lo que han dado en llamar el Rock tropical, un sonido urbano y juvenil que también se puede bailar.

El proyecto, respaldado por la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín y radicado en el Instituto Tecnológico Metropolitano, se inscribió en la celebración de los 200 años de la Independencia de Antioquia. Lo cierto es que más allá de las conmemoraciones, esta música teñida de tantos ritmos y anclada en la identidad local y nacional, debía estar presente en algo más que en las fiestas de diciembre y celebrar la historia que construyó mientras cambiaba para siempre la forma de ser, vivir, estar y bailar de varias generaciones.

María Isabel Galvis
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