HUGO CANDELARIO GONZÁLEZ :

Música que nace entre el agua y la candela

Por: Maria Isabel Galvis Z. / asistenciaeditorial@revistamusica.com


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Hugo Candelario González tiene los ojos inquietos, vivos. La mirada transita de un lado a otro como guiada por todo aquello que lo circunda. Todo lo que ocurre cerca de él parece llamarlo, un objeto que cae al suelo, una risotada en la lejanía, una canción, una voz, su propia voz, el ritmo al caminar de una mujer, el movimiento de una mujer, una mujer.

Candelario nació en Guapi, una región olvidada y musical, afincada en el Pacífico caucano, que cuenta su historia en canciones, al vaivén del agua y al ritmo líquido de la marimba. Su nombre lleva la impronta de un incendio que por poco acaba con el pueblo y al que su madre debió evadir en medio de los dolores de parto. Curiosamente, se sabe un hombre de agua “toda la vida he estado enmarcado en el agua porque la selva del Pacífico es la segunda zona más lluviosa del mundo, muchos ríos, mares, mucha lluvia todo el tiempo, muchos juegos bajo la lluvia, muchos juegos dentro del agua, y toda mi vida escuchando ese sonido de la chonta, que es pura agua, yo le llamo a la música del Pacífico y sobre todo, a la marimba agua, que entra al cuerpo por los oídos.”

La música le llegó así, de forma natural, en medio de las voces que lo envolvían, las de las mujeres que ponían la entraña en la garganta, las de ese Pacífico lluvioso y agreste, las del tambor, la marimba y el viento. Cuenta que a la percusión llegó gracias a su vínculo con el grupo de danza folclórica del pueblo. Cada vez que faltaba alguno de los percusionistas a los ensayos, él era quien lo reemplazaba. Finalmente terminó por abandonar las coreografías y dedicarse a “romper” el cuero de los cununos o el bombo. La marimba llegó como por añadidura, ese era un instrumento que estaba, literalmente, a la mano y en el que, según sus propias palabras, encuentra “la percusión, la melodía y la armonía. Yo soy muy afín con la melodía y muy ávido de la melodía también”.

Los vientos llegarían con la partida a Bogotá. Siendo aún un niño, dejó su tierra natal para internarse en los laberintos fríos y ajenos de la capital. Allí, sin embargo, aprendió a tocar la flauta dulce con un amigo y “por ahí me fui” dijo. Dice también que cuando se decidió a hacer estudios formales en música, se inclinó por la flauta traversa, pero no le fue posible aprenderla, porque las normas, trasladadas de un conservatorio ruso, no permitían que un joven, en ese entonces de 20 años, comenzara su estudio del instrumento. Así, “por accidente llegué al saxofón, pero me gustó mucho, y esto me sirvió para ubicarme cerca de la chirimía y de la marimba. Es un sonido híbrido, que se presta y ahí me siento cómodo también. Obviamente, en el que más cómodo me siento es en la marimba de chonta”, dice.

sin-titulo-2Su música, entonces, vive del contraste de sus emociones. Unas muy ligadas a la melancolía o a la añoranza de la tierra y el mar que dejó atrás, otras alimentadas por la algarabía de los bundes o por el tambor que repica en el vientre cuando suena; también al baile y al bailador, un elemento que cada vez cobra mayor protagonismo a la hora, no sólo de interpretar, sino también de componer, y en esto la ciudad de Cali, donde ahora vive, ha jugado un papel definitivo: “al principio, mis primeros arreglos, digamos con Bahía, eran más la búsqueda tímbrica y armónica y de fusión, y creo que el baile se daba por añadidura, pero hoy en día cada vez más está la consciencia, cualquier arreglo, cualquier movimiento, cualquier propuesta armónica, melódica o de fusión, estoy cerca del bombo, sobre todo del bombo principal del Pacífico, ahí estoy pensando en el bailador”.

Porque en Hugo Candelario González la música también es geografía, pareciera expandirse como el agua para abarcar los territorios sonoros que pueblan su memoria y su imaginación. Siente un profundo respeto por su maestro Gualajo y busca en la simpleza de ciertas armonías una sustancia que nutra mucho más y que transite el espacio durante mucho más tiempo. Esa es su manera de reivindicar el origen de su música, porque como él mismo lo dice “No me considero músico profesional, de la academia, porque, bueno, pasé la materia, las notas y todo, pero como dicen, la cabra tira pa´l monte, siempre he estado más cerca del sentir y de la cosmovisión del maestro Gualajo. Mi sentir, mi espíritu, mi creatividad más cerca de la marimba y de esos dos tonos que aparentemente son una música muy elemental armónicamente hablando, pero que a nivel armónico, a nivel rítmico y a nivel de sentimiento, son muy profundas”.

Lo cierto es que esa aparente simpleza lo ha llevado por buena parte del mundo, y en esos recorridos, África tiene un lugar especial, porque ahí encontró nuevos sentidos para una música que se estructura desde el sentir. En el continente negro, visitó Angola y Kenia y de su experiencia relata precisamente la fuerza visceral de un sonido que es capaz de traspasar el cuerpo a partir de armonías sencillas: “Como nuestra música tiene un gran porcentaje de herencia africana, es muy importante ir a la fuente. Un viaje a África le evita a uno leerse muchos libros y mucha investigación, sencillamente es ir, ver y sentir y ya uno entiende muchas cosas, relaciona muchas cosas, y hablando musicalmente, le da mucho sentido a la música, a esa elementalidad profunda, como lo digo yo.”

Esa intención casi natural de volver a la raíz, para darle un sentido a sus creaciones, le ha dado sin duda un sello particular a una música que tiene una profunda alianza con la espiritualidad de su gente, con su alegría, sus sentires, su vida cotidiana, el paisaje que se dibuja todos los días frente a sus rostros. Candelario pareciera haber descubierto una manera de encontrarse con su gente en los sonidos que le llegan, y en el camino ha podido describir su territorio al oído de múltiples personas, para que descubran la entraña de una región que difícilmente podrían ubicar en el mapa. Su música se asienta sobre una tierra que se resiste al olvido en ritos y cantos, tambores y marimbas, su música sobrevive en las rutas musicales que lo devuelven siempre al lugar que lo vio nacer. Como una candela que no se apaga.

Así, este hombre que nació en medio de un incendio, pareciera tener la llama encendida en los ojos que lo miran todo, en los oídos que no paran de escuchar, en las manos que desenmarañan la construcción de sonidos que puebla su alma. Hugo Candelario González es un hombre que mira de frente los retos que la vida le pone, aunque sabe que necesita escaparse de vez en cuando a sentir el mar y la selva, porque el torrente de agua que puebla su instrumento no sigue un curso rígido o recto; Candelario lo sigue por todos los recovecos, suavemente, mientras recuerda su lugar en la música: “Siempre tuve más o menos ese papel como trampolín, de puente, de eslabón entre la tradición, entre lo empírico y lo académico, entre el pueblo y la ciudad. Hasta hoy la vida todavía me pone esa responsabilidad, entonces no la puedo soltar.

Fotografías: Laura Castaño

Texto: Maria Isabel Galvis Z. / Comunicadora Social – Periodista de la UdeA. Especialista en Literatura. Realizadora de Radio- 

María Isabel Galvis
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