EL ÁLBUM INFANTIL DEL PAYASO VAGO

por: Mateo Navia / ultimaletra@gmail.com


Sobre Velandia les voy a contar una historia que no tiene par. Suéltese del cinturón o de la silla de montar; camine con la cabeza… ¿lo nota?, ya comenzó a volar…

Velandia es un artista excéntrico. Sí, raro, extravagante, poco convencional. Invita a los conciertos mientras lo motila su mamá, toma café o carga a su hija Guadalupe. La “Sinfonía Municipal No. 4”, interpretada por la Big Band, Bogotá, en Jazz al Parque 2011, no la dirigió con batuta sino con machete. Pero su forma no sería más que exhibicionismo ramplón si sus composiciones musicales no fueran coherentes, consistentes y contundentes.

Velandia no se le arruga a ningún tema. En sus letras habla de política, sociedad y vida cotidiana. Sin rodeos enfrenta tradiciones anquilosadas con novedades, provisto de la rasqa. Un lenguaje que, explicó en su libro Cancionero Rasqa, se lo enseñó Milton “el acróbata”, cuando le indicó que “al payaso vago se le dice rasca”, término al que Velandia le cambió “la C de convicto por la Q de equilibrista”.

Edson Agustín Velandia Corredor, nació en Bucaramanga el 19 de noviembre de 1975, vecino de Piedecuesta desde 1984, le colaboró al Jardín Infantil La Ronda durante varios años con arreglos y composiciones musicales esporádicas; y en 2007 le planteó la grabación de un disco.

El tracklist de Sócrates es, sin orden: “Fábula”, “Ni más ni menos”, “El colibrí”, “Pilas”, “Las tablas”, “Moisés”, “La calavera”, “Sócrates”, “La montaña” e “Historia de la erre”. Quisimos conocer la historia secreta de la composición de las tres últimas, y esto fue lo que nos contó.

Para “Sócrates”, escribió inicialmente una lista de palabras esdrújulas que luego transformó en una receta, no para comer sino para componer una canción. Pues “para componer una canción –dijo– se necesita tener gracia, humor”. Sócrates, el personaje que nunca escribió, que era un sabio que enseñaba a través de las preguntas y un pedagogo ejemplar, para fortuna de la canción, tenía un nombre esdrújulo.

Para la canción de cuna “La montaña”, la única que interpretó, tomó algunas imágenes de su infancia: la del árbol matarratón, que vio por primera vez en un viaje a Cartagena, y la de aquella piedra gigante que conoció en el río cercano al barrio de su infancia, la piedra donde se sienta Dios. Explicó Velandia, “si para cada quien ‘grande’ es una cosa diferente […], si se sienta Dios es la más grande que hay”.

Ante la preocupación de los padres porque a sus hijos se les dificulte pronunciar la “r”, e impregnado de la lectura de las génesis recontadas por Eduardo Galeano, contó “La historia de la erre”: “En un plincipio no había Eles/todo elan Zetas, Equis y Aches//se le aclaló pol milaglo pedile al señol latón/que le plestala una letla pala llevale un legalo a quien le inspilaba amol// “Te plesto mi plimela letla”/le dijo el señol latón//“pelo sablás que pol simple/cuando tu hembla me vea pasal/se ilá de glitos tlemendos/polque la voy a asustal…

Y quedó cumplido el propósito que Velandia nos relató: “hacer canciones imaginándome que los niños las cantaran sin necesidad de acompañamiento como las rondas que cantan en la calle, que son cíclicas, que repiten estribillos, que le inventan juegos de rondas, de correr, de cogerse las palmas, las manos”.

Dióme por escribir sobre Corredor, y hablé y leí personas alrededor. La música de Velandia es un brebaje, Daniel Vega atinó; y Daniel Pardo, los 157 centímetros de estatura del bumangués mencionó, mientras su capacidad musical revolucionaria acentuó. El lenguaje de Agustín, que parece un aguijón, Juan Carlos Garay lo explicó como “una bofetada a tanta rima fácil y tanta frase de cajón”. José Villa “el Gordo”, me comentó, que en Platón el compositor se convirtió, y de las preguntas Sócrates desistió. Con ellos me despido, dígole yo al lector: no se aflija por el silencio que emerge a su alrededor, en Edson encontrará sonidos frenéticos y espasmódicos, un brebaje que no es fusión, con pastillas de Amoral –la pastilla para el amor–, por la estación radial La Jodencia, –la emisora de la independización-.

Mateo Navia
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