DE LA MÚSICA EN COLORES Y LA MEMORIA EN LAS MANOS

Las manos se acercan con frecuencia a la cabeza, a las espirales que se forman en su pelo. Es un gesto que me resulta tan espontáneo como individual. Desordenan en vez de ordenar. Yo pienso en la memoria. Alguien alguna vez me dijo que cada parte del cuerpo guarda sus propias memorias y yo me pregunto, sobre todo, aquello que Juancho Valencia alberga en sus dedos, sobre las formas en que sus manos guardaron tan adentro la cadencia que tiene para el piano, el “tumbao” que lo caracteriza, ese que lo nombra tanto como su nombre mismo.

La mirada amplia, la sonrisa atenta, recibe mi visita como quien acoge a un viejo conocido. Me pide que salgamos del estudio y entonces cruzamos al frente para ir a un mercadito de barrio. Saluda a las cajeras, ellas, amables, devuelven el saludo por la fuerza de la costumbre, la de la cercanía, no de la admiración. Sospecho que disfruta este curioso anonimato.

Nos sentamos a tomar un jugo. Es una tarde de calor de aquellas que el fenómeno del niño pareciera haber dejado para siempre en Medellín. No le pregunto por sus manos sino por sus oídos. “A mí me gustaría escuchar como escucha la gente común y corriente” me dijo alguna vez en una entrevista anterior y es esta frase la que me anima a preguntarle sin mayores rodeos ¿Cómo escucha usted? Entonces, se concentra y me dice: “Uno está casi como viendo números y se vuelve mucho más complejo cuando eres productor, porque no solamente estás viendo las notas de la música sino las frecuencias y las posiciones de los instrumentos y se ve cuándo tienen unas cosas especiales, como esa hiperrealidad y estás viendo también el artista, cómo hizo para que tú lo escucharas en una discoteca o en un hotel, o en ese taxi, cómo fue ese proceso para que un taxista ponga una emisora y suene la canción”.

Fotografías: @fulana.malafama

Habla como músico, como productor y como gestor. El tiempo pareciera haberle enseñado la importancia de articular todas estas facetas y reconoce que esto no habría sido posible sin su equipo de trabajo. Cuando, al lado de Juan Felipe Arango “Coco”, se unió a Merlín Producciones –en aquel entonces Merlín Estudios-, empresa fundada por el ingeniero Gabriel Vallejo. Los tres tenían la certeza de que su trabajo estaba sustentado en la calidad y en el talento. “Desde muy pequeños nos aterrizamos en eso” dice, y esta convicción se ha sostenido sobre una persistencia entusiasta sumada a un trabajo arduo. Esto les ha permitido, no sólo crecer, sino sobre todo permanecer sin traicionarse. Aquí, como en otros momentos de la entrevista, habla en plural.

A la música Juancho llegó por una suerte de imposición. Dicen que cuando nació, su padre decretó que sus manos eran las de un pianista y es vieja conocida la historia de que en su caso la música le representó una lucha constante contra la disciplina que ello exige. Juancho habla pausado, piensa muy bien las palabras, una a una las va desentrañando. Le pregunto entonces por el momento en que todo esto dio la vuelta, cuándo la música dejó de ser algo tortuoso. Me responde con concentración de ajedrecista: “Pues ahí yo no sé si eso tortuoso se acabó realmente, yo creo que se ha transformado. Por eso a uno la música se le convierte en su rebeldía, por eso la existencia de la disonancia, por eso no querer ser encasillados de alguna manera”. Y es que hay que decir que la música de Juancho Valencia no sólo significó una revelación en términos creativos. Lo que a mí me resulta más interesante de su creación es la forma como fluyen y confluyen las músicas que lo han acompañado toda su vida y las que se ha topado en su camino. Este hombre que no baila o que mejor, para usar su propia descripción, “baila por dentro”, ha permitido que las nuevas generaciones se esfuercen en moverse al compás de algo que sienten propio aunque les cueste a sus oídos. Juancho juega y transgrede: “Yo creo que soy un niño que me gusta jugar y de eso siempre hablo, de esa transgresión, esa rebeldía es la rebeldía de un niño que quiere comer mango biche, es como lo inofensivo de romper las reglas. No me gusta pararme fijo en mis pensamientos, a no ser que sean un juego y pues digamos que por eso la gente no se lo toma muy en serio. Hay mucha gente que dice ¿ese “man” es un genio o nos está mamando gallo?”

Ha sido comparado con Lucho Bermúdez, con Chucho Valdés y cuando le pregunto si tal vez ocurra que la gente ve en él algo que quizá él mismo no logre dimensionar, me dice reflexivo: “Esa es la gran pregunta que uno se hace, si realmente uno es un genio o no. Digamos que desde los comportamientos psicológicos me han catalogado como genio, pero mi pregunta es que en esos comportamientos no quedan registradas las horas de trabajo que yo he hecho, entonces me gustaría saber si esa genialidad seguiría existiendo si yo dejo de invertir este trabajo de horas y horas en toda mi vida, sin parar”.

Trabaja en horarios de oficina, una de las múltiples estrategias que debió ingeniarse para regular el torrente creativo que a veces lo desborda. También trota o monta en bicicleta, con tanta intensidad, que pierde la noción del tiempo y del espacio. Dice que la bicicleta es su religión y sabe que debe mantener su oído en calma: “te enloqueces o aprendes a callarte, yo creo que parte de mi ejercicio en la vida fue callarme. Al final la música es algo de sentir, es una expresión y toda esa ingeniería que hay atrás, pues también hay que dejarla a un lado, entonces he encontrado maneras de callarme, empecé a dejar de escuchar”.

Juan Diego Valencia Vanegas no aparece en Wikipedia, sin embargo sus Colombian Music Solutions han recorrido buena parte del mundo. Ha creado, no sólo un sonido y una forma de expresión musical en nuestro contexto, sino también todo un universo que se escapa incluso a lo estrictamente musical. Bajo el mando del Sargento Remolacha, ha tratado de aproximarse a la vida de este trópico con todas su contradicciones y aunque piensa que aún falta narrar en la música la historia reciente del país para que se entienda desde otras perspectivas lo que somos y lo que vivimos, yo creo que si uno recaba en sus historias hay una insinuación teñida de humor que dice mucho de lo que es ser colombiano y haberse decidido a quedarse aquí, en una ciudad como Medellín. “Cuando hicimos la recreación imaginaria de Puerto Candelaria, dijimos, los pueblos tropicales son liderados por las armas pero además hay todo un realismo mágico ahí, entonces por eso como que el Sargento Remolacha de alguna manera es el chiste de esa autoridad, porque se quedó dormido en la batalla de no sé qué, porque prefirió quedarse tocando su acordeón en la hamaca que ir a enfrentar sus enemigos. Yo creo que sí está incorporado como eso de la guerra, de la muerte, pues en Puerto Candelaria hablamos de la muerte de una manera muy tranquila. Incluso en otros países nos dicen, pero ¡huy!, el humor de ustedes es muy oscuro, somos de Colombia y somos de Medellín, y no tenemos miedo de hablar a la muerte porque está ahí y crecimos con eso, incluso hace parte de la vida, parte fundamental”, afirmó.

Juancho Valencia es un hombre de aquellos a quienes la vida lo dotó de una sensibilidad especial. Dice que todavía ve colores cuando hace música, que el arte le llegó a través del arte pictórico y que tiene un amor sincero por la estructura. Siente que haber nacido en la casa de un arquitecto le permitió tener una concepción visual de la música, ver las composiciones descritas en planos físicos. El arte le llenó los ojos.

Nunca en la entrevista le pregunté por sus manos, las manos de pianista que vio su padre, las manos que guardan notas, palabras y colores. Ahora, en la curiosa perspectiva que me da el esfuerzo de la escritura, creo que después de todo, son también las manos de un obrero.

María Isabel Galvis Z.

Comunicadora Social y Periodista de la U de A. Magíster en Literatura. Realizadora U.N. Radio.

Leave your comment

Please enter your name.
Please enter comment.