Aláfia, el fuerte sonido de un sutil cruce de caminos

Escribir suele ser incómodo, pero escribir sobre música puede llegar a ser doloroso. Es tratar de pasar de un lenguaje, el musical, a otro, el oral. Hay unos pocos maestros que lo hacen bien, aunque siempre estarán lejos. No hay mil adjetivos que describan el sutil sonido de un trombón escondido detrás de la percusión, el bajo y las voces. Pero ahí está, y la canción no sería lo mismo sin ese sonido, llamémoslo melifluo (suave y delicado).

Esta reflexión me surge luego de muchos días de escuchar Aláfia, una banda que la primera etiqueta sería: banda brasileña, hasta aquí escribir no es difícil. Luego podría decirse que es una banda de once personas según las reseñas, pero que en los conciertos y en las fotos se cuentan doce y que suena a jazz, funk y hasta hip hop, con un sonido muy brasileño, que a mí a ratos me recuerda el Colombian Jazz de Puerto Candelaria, con la diferencia de los sonidos que unieron. Claro, eso da una idea, pero está muy lejos del sonido de Aláfia, está lejos de esa percusión que va entre el jazz y el candomblé y del bajo funky que juega por todo el diapasón, pero especialmente en las notas más bajas. Y lejos de la guitarra, a veces limpia, a veces distorsionada; u otras con efecto wah que no se pelea con el sonido del teclado ni la sesión de vientos.

Fotografía: Cortesía

Y hasta ahí usted puede antojarse de oír, pero no tiene idea de que es lo que yo estoy oyendo mientras escribo: A gogo da 5 bocas, fácil de oír por los referentes brasileños que tenemos del Bossa Nova y la sensación de pasar de esa alegría melancólica de los brasileños a Saracura, con una magistral entrada de la sesión de vientos y la guitarra haciendo una melodía en las cuerdas de arriba, en el disco Sao Paulo  não é sopa, na beirada esquenta. Y las voces, hay muchas en la banda, lo que da un sonido callejero de mucha gente haciendo buena música, divirtiéndose. Pero hay dos voces principales, una femenina, que es dulce y sensual con toques a veces dolorosos. Y la voz masculina, que también a veces parece quejarse, pero que en muchos momentos suena con alegría, y cantan y rapean y recitan en algunos.

Y esas voces en portugués, un idioma que ya parece hecho para la música o la poesía, que revela lo que es Brasil y los brasileños, que suena linda hasta en las peleas. Pero que cantan más que cosas lindas, que en sus letras describen Sao Paulo, ese alegre pero también ese peligroso y hostil. Ya una vez sus letras fueron sutilmente vetadas en un programa de televisión, luego de cantar que “Sao Paulo es hilo de navaja, lo peor de lo malo, Doria, Alckmin, (una frase que ni google tradujo),  sé que quieren mi fin”; y Doria era el alcalde y Alckmin el gobernador y la canción salió sin esa parte que la banda sí cantó.

Aláfia es, en Yoruba, caminos abiertos. La música son muchos caminos que se encuentran. En esta banda es el de muchas músicas, el de muchas culturas, el de esa ciudad entre europea y africana que es Sao Paulo. Y es lo que ellos reivindican, su fuerza negra, su música africana, las calles brasileñas. Ese amor y el desazón. El arte les da la posibilidad de expresar su visión de lo que sería un mejor mundo o de denunciar lo que consideran podrido en éste. Pero retornando al principio, son muchas cosas que las palabras no pueden describir. Les conté lo que a mí se me cruzó al oírlos, lo que me pasó cuando los vi en Medellín (sí, estuvieron en Circulart en 2016). Lo único que podría uno decir es lo que hace con los amigos cuando le gusta un grupo: “parce, tenés que oír esto, tenés que ver esto”. Además haría la salvedad: “si no te atrapa inmediatamente, tomate el tiempo para dejarte atrapar, vale la pena”. Así, sin más adjetivos les digo, vale la pena dejarse atrapar por la música, aunque estas palabras no lo logren.

 

Luis Grisales

Comunicador Social y Periodista de la UPB. Realizador Audiovisual.

  • lgrisales@gmail.com

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